Qué planetas se alinearon para que Ediciones de la Eterna me concediera la gracia de que “Servicio meteorológico” se concretara de su mano

Qué planetas se alinearon para que Ediciones de la Eterna me concediera la gracia de que Servicio meteorológico se concretara de su mano

 

Por Alba Murúa

 

 

Conocí la obra de María Belén Aguirre, fundadora de Ediciones de la Eterna*, hace ya algún tiempo.

La admiración por su trabajo y las frecuentes charlas online, me llevaron a ir a escucharla en vivo. Fue en el ciclo de Pablo Queralt en la Biblioteca Popular de San Isidro;  allí también escuché a otro gran poeta, Jotaele Andrade: por aquellos tiempos ambos eran parte de un grupo de gran presencia poética que se plasmó en un libro artesanal hermoso: Los sobrinos bastardos de Arlt.

Luego, asistí a algunas de sus presentaciones. Recuerdo en especial la de Balumba (Para una ética del caos), uno de los libros de la colección “El carterista de Bresson” que pude traer a mi biblioteca. Aquella colección albergó títulos de otros tantos poetas exquisitos por lo que, ante la invitación de María Belén a integrarla con algo de mi poesía, dudé y dilaté la decisión de aceptar. Recuerdo que me dijo algo así (parafraseo, ya que seguro que lo de ella fue más bello):

“El tiempo es ahora, pasa velozmente y no sabemos cuándo nos dará otra oportunidad.”

Sin embargo, lo dejé pasar; y me arrepentí, por supuesto.

Tiempo después, María Belén dejaría las redes casi por completo y nuestra conversación se espaciaría. Sin embargo, en el transcurso de los años, se ha reanudado una y otra vez. Mucha de esa interacción contó con la mediación del también muy querido poeta Andrés Kischner.

Así llegamos a 2020, cuando ella ganó el Primer Premio de Poesía del Fondo Nacional de las Artes por su obra Siamesas. El intercambio de mails volvió a ser frecuente y un día me preguntó si estaba escribiendo;  me contó que tenía el proyecto de una nueva colección -esta vez de libros electrónicos- y me invitó a ser parte. En esta ocasión, accedí con alegría a enviarle un poemario creado durante el transcurso de la pandemia.

Después, debido a que MB en estos últimos meses ha publicado varios libros cuya edición física tenía pendiente, los tiempos se dilataron. Así fue que un día pude asistir a una nueva (y maravillosa) presentación de otra de sus obras (Pater dixit) en la Biblioteca Nacional. Cuál no sería mi sorpresa al descubrir que nacía bajo el sello de Ediciones de la Eterna, cuyos títulos en papel se habían discontinuado.

Así que aquello tan largamente postergado surgió con fuerza (además porque los primeros lectores de mi trabajo me habían dicho que aquel se merecía una edición en papel). Me animé a manifestar en voz alta aquel deseo y se hizo realidad. Con gran entusiasmo, María Belén se dispuso a la tarea, así que Servicio meteorológico está en camino y será presentado por primera vez el lunes 8 de agosto de 2022 a las 19 hs. en la Sala David Viñas del Museo del Libro y de la Lengua «Horacio González»,  Avda. Gral. Las Heras 2555, Buenos Aires.

En suma, amigos, aunque suene muy trillado, la vida (a veces) te da revancha, así que vale la pena manifestar en voz alta nuestros sueños.

Ojalá ustedes puedan concretar  los suyos y, también, acompañarme en la presentación de este poemario que ya me está dando tantas alegrías.

Bien, dirán ustedes, mucha historia pero, ¿y la poesía?

He aquí la respuesta; aunque no pertenece al poemario, les dejo este breve poema que podría ser parte del mismo:

 

 

Invierno.

Ahora podemos

ver los pájaros

sobre el fresno

desnudo.

 

Así los enigmas

se revelarán

cuando la niebla disipe

el sueño en que vivimos.

 

Alba Murúa

 

 

 

*Ediciones de la Eterna es el sello editorial de la poeta, editora y gestora cultural María Belén Aguirre.

Para consultas, pueden contactarla directamente mediante su Instagram: @mariabelenaguirre11

 

Más de María Belén Aguirre:

 

 

https://albamurua.com/2019/09/14/maria-belen-aguirre-generosidad-exquisitez-y-talento/

https://devenir111.com/belen-aguirre/

https://laprimeravertebra.com/siamesas-de-maria-belen-aguirre-por-alba-murua/

 

 

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De las consecuencias inesperadas de mirar largamente el cielo y consultar el pronóstico del clima

Desde una ventana en el conurbano oeste de Buenos Aires.

 

Siempre me gustó mirar el cielo. Soy de esos humanos que se han tropezado varias veces por deleitarse con las nubes tormentosas o la luna llena. Y, sin embargo, no se arrepiente. En el fondo, durante mucho tiempo, creí ser la reencarnación de una romántica del siglo XIX: adoro la lluvia,* el viento -incluso cuando las ráfagas me atemorizan- las infinitas formas de las nubes y la variación de las estaciones. Pero estos últimos años –una afección de cervicales quizás sea en parte responsable- bajé un poco la vista hacia otros amores como las cúpulas de los edificios y las copas de los árboles.

Sin embargo, llegó el año 2020 y nos cambió a todos. A mí, como a muchos, se me aceleró el paso del tiempo por un lado (creo que envejecí diez años) y, por el otro, cada hora pesaba como la enorme piedra que el suicida se ata antes de tirarse al río. Así y todo, fui una de las privilegiadas: me quedé en casa desde aquel sorprendente marzo en que comenzó el confinamiento hasta septiembre de 2021. Mi casa, ese refugio que se me destinó cuando tantos seres no tenían más remedio que afrontar la intemperie, la exposición constante, las internaciones, es un departamento de dos ambientes en la zona oeste del conurbano bonaerense. Hace unos seis años que vivo sola, así que la experiencia fue retadora. Claro que existen las redes sociales, las videollamadas y todas esas herramientas impensables durante la segunda mitad del siglo XX, cuando nací. Pero así y todo, atravesé un proceso individual y colectivo que no me atrevo a analizar por falta de coraje y de recursos.

En esos días -para no enloquecer- comencé nuevamente a mirar el cielo con detenimiento. En realidad, ya había retomado en parte esta costumbre al mudarme: vivo en el segundo piso de un edificio por primera vez en mi vida.  A eso le sumé un hábito que se acentuó para protegerme: consultar el servicio meteorológico nacional.  Y digo, para protegerme, pero no del clima, ya que salía sólo cada diez días para proveerme de lo necesario para la subsistencia. No necesitaba saber si iba a llevar paraguas u otro abrigo. Pero tenía que protegerme de la incertidumbre, de la pena, de la desolación. Consultar el pronóstico del clima, a pesar de sus vaivenes, me ofreció un marco extraño de seguridad: allí seguían las nevadas, el granizo, las neblinas.* Persistían más allá de toda pérdida. Así que, sin proponérmelo, empecé a escribir una serie de poemas.*

 

 

*En mi adolescencia, lectora voraz de Pablo Neruda, comencé, a la luz de ambos amores, una serie que titulé Oda a la lluvia. Luego de cinco o seis poemas, descubrí que era muy difícil tratar un tema tan trillado y los destruí. Hace algunos días conté esta anécdota entre compañeros y Claudia Schvartz me felicitó por ello.  Lo que no me animé a decirle entonces es que, unas cuantas décadas más tarde, me salí con la mía. Espero que al enterarse, Claudia tenga piedad de esta insistente amante de los cielos grises.

 

*Otro texto que escribí en el marco de la pandemia, Crónica de niebla, pueden leerlo en la estupenda revista virtual La Primera Vértebra:

https://laprimeravertebra.com/cronica-de-niebla-por-alba-murua/

 

*Esta serie se erigió en el poemario Servicio Meteorólogico, que se presentará el lunes 8 de agosto de 2022 a las 19 hs. en la Sala David Viñas del Museo del Libro y de la Lengua,  Avda. Gral. Las Heras 2555, Buenos Aires.

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