De las consecuencias inesperadas de mirar largamente el cielo y consultar el pronóstico del clima

Desde una ventana en el conurbano oeste de Buenos Aires.

 

Siempre me gustó mirar el cielo. Soy de esos humanos que se han tropezado varias veces por deleitarse con las nubes tormentosas o la luna llena. Y, sin embargo, no se arrepiente. En el fondo, durante mucho tiempo, creí ser la reencarnación de una romántica del siglo XIX: adoro la lluvia,* el viento -incluso cuando las ráfagas me atemorizan- las infinitas formas de las nubes y la variación de las estaciones. Pero estos últimos años –una afección de cervicales quizás sea en parte responsable- bajé un poco la vista hacia otros amores como las cúpulas de los edificios y las copas de los árboles.

Sin embargo, llegó el año 2020 y nos cambió a todos. A mí, como a muchos, se me aceleró el paso del tiempo por un lado (creo que envejecí diez años) y, por el otro, cada hora pesaba como la enorme piedra que el suicida se ata antes de tirarse al río. Así y todo, fui una de las privilegiadas: me quedé en casa desde aquel sorprendente marzo en que comenzó el confinamiento hasta septiembre de 2021. Mi casa, ese refugio que se me destinó cuando tantos seres no tenían más remedio que afrontar la intemperie, la exposición constante, las internaciones, es un departamento de dos ambientes en la zona oeste del conurbano bonaerense. Hace unos seis años que vivo sola, así que la experiencia fue retadora. Claro que existen las redes sociales, las videollamadas y todas esas herramientas impensables durante la segunda mitad del siglo XX, cuando nací. Pero así y todo, atravesé un proceso individual y colectivo que no me atrevo a analizar por falta de coraje y de recursos.

En esos días -para no enloquecer- comencé nuevamente a mirar el cielo con detenimiento. En realidad, ya había retomado en parte esta costumbre al mudarme: vivo en el segundo piso de un edificio por primera vez en mi vida.  A eso le sumé un hábito que se acentuó para protegerme: consultar el servicio meteorológico nacional.  Y digo, para protegerme, pero no del clima, ya que salía sólo cada diez días para proveerme de lo necesario para la subsistencia. No necesitaba saber si iba a llevar paraguas u otro abrigo. Pero tenía que protegerme de la incertidumbre, de la pena, de la desolación. Consultar el pronóstico del clima, a pesar de sus vaivenes, me ofreció un marco extraño de seguridad: allí seguían las nevadas, el granizo, las neblinas.* Persistían más allá de toda pérdida. Así que, sin proponérmelo, empecé a escribir una serie de poemas.*

 

 

*En mi adolescencia, lectora voraz de Pablo Neruda, comencé, a la luz de ambos amores, una serie que titulé Oda a la lluvia. Luego de cinco o seis poemas, descubrí que era muy difícil tratar un tema tan trillado y los destruí. Hace algunos días conté esta anécdota entre compañeros y Claudia Schvartz me felicitó por ello.  Lo que no me animé a decirle entonces es que, unas cuantas décadas más tarde, me salí con la mía. Espero que al enterarse, Claudia tenga piedad de esta insistente amante de los cielos grises.

 

*Otro texto que escribí en el marco de la pandemia, Crónica de niebla, pueden leerlo en la estupenda revista virtual La Primera Vértebra:

https://laprimeravertebra.com/cronica-de-niebla-por-alba-murua/

 

*Esta serie se erigió en el poemario Servicio Meteorólogico, que se presentará el lunes 8 de agosto de 2022 a las 19 hs. en la Sala David Viñas del Museo del Libro y de la Lengua,  Avda. Gral. Las Heras 2555, Buenos Aires.

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2 respuestas a «De las consecuencias inesperadas de mirar largamente el cielo y consultar el pronóstico del clima»

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